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Cien años del champagne argentino

De NTI. El 11 agosto, 2013. En Argentina, Gastronomía. Tema: , . 1083 Vistas

A comienzos del siglo XX, un puñado de pioneros inició la saga de los espumantes nacionales a través de las primeras elaboraciones con el método tradicional. Un siglo más tarde, nuestro país cuenta con una envidiable gama de vinos con burbujas de todos los tipos, calidades y precios. Gustavo Choren analiza las diferentes etapas históricas que llevaron a la actual diversidad.

No por nada se llama belle époque el período comprendido entre 1890 y 1914. Esa calificación, creada para definir un lapso de fuerte crecimiento económico capitalista en Europa, tuvo su correlato en casi todos los países de Occidente, incluida la Argentina. Considerada decadente en muchos aspectos y progresista en otros, la belle époque ofrece un sinnúmero de testimonios sobre su existencia cronológica. Por ejemplo, los registros relativos al consumo de alimentos y bebidas demuestran una activa importación desde Europa con notable presencia de productos de alta gama. En materia vinícola, ello suponía la introducción constante de las mejores etiquetas francesas, españolas e italianas de la época, además de un numeroso pelotón de vinos dulces, licorosos y encabezados provenientes de Portugal y Alemania.
En ese contexto, el auténtico champagne constituía un consumo muy importante en volumen, que a los ojos actuales impresiona por su variedad y calidad. Muchas de las marcas favoritas entre las clases altas de entonces todavía se cuentan entre las más aristocráticas del mundo (Pommery, Roederer, Mumm, Veuve Clicquot), mientras que otras, destacadas en su tiempo, han desaparecido (Duc de Montebello). El panorama de la importación no varió mucho desde entonces hasta la crisis de 1930, con una interrupción durante la Primera Guerra Mundial, que hizo difícil la llegada de los embarques correspondientes.
En ese período, no fueron pocos los emprendedores argentinos que lograron compensar parte de la oferta con una incipiente elaboración de espumantes nacionales, cuyo desarrollo había empezado algunos años antes.

En efecto, los indicios documentales indican que fueron Carlos Kalless y Luis Tirasso los primeros en alcanzar el éxito en la materia. Kalless fue uno de los primeros vinicultores especializados en elaborar y vender espumantes al estilo “champagne”, aunque otros le asignan ese privilegio a un compatriota suyo, el militar Juan Von Toll. De cualquier manera, el mencionado Tirasso se dio cuenta –muy pronto– de las excelentes perspectivas que la provincia cuyana ofrecía para los emprendedores y no tardó en viajar hacia allí con el propósito de acometer nuevas empresas. Junto con su amigo y socio germano fundó, en 1891, el establecimiento Santa Ana, que era apenas una de las muchas actividades que prontamente inició con buenos resultados. Una publicación de la época, que describe el establecimiento, hace referencia a “la sección destinada al Champagne, que cuenta con todos los elementos indispensables y personal técnico contratado expresamente en el extranjero”. Y luego continúa: “De aquí salen los Medoc y Sauternes argentinos, el Champagne mendocino y toda una colección de vinos añejos de tipos superiores, como una revelación para este país”. No debe sorprender el uso indiscriminado de apelaciones foráneas dado que era una costumbre muy común en esos años, especialmente si tenemos en cuenta que un porcentaje muy elevado de la población estaba constituido por extranjeros, quienes no tenían otra manera de reconocer los tipos y variedades de vinos con ciertas pretensiones de calidad.

grape-shot-by-lou-mayerSi bien en la década de 1920 continúa existiendo un consumo alto con algunas importantes apariciones dentro de ese segmento (como el Barón de Río Negro, que llegó a exportarse a Europa), ya se advierte una lenta declinación en términos de prestigio y diversidad de etiquetas. Mientras permanece siendo un artículo apreciado por el grupo económicamente dominante, el “champán” es mencionado en los tangos como algo decadente,asociado a los cabarets, los mas sórdidos locales nocturnos y el ámbito prostibulario.
Entre las clases más bajas, la sidra (prácticamente desconocida en el país a principios del siglo) iba ganando terreno como la bebida para las celebraciones y los brindis. A principios de los cuarenta, algunas bodegas se lanzaron a producir vinos gasificados dulces tintos y rosados para atraer a la numerosa colectividad italiana.

Con nombres de fantasía evocadores de similares de la península (Gamba di Pernice, Nebbiolo, Asti), estos productos lograron ser un suceso en su momento, pero el ambiente de las burbujas no lograba despegar en estas latitudes australes del mundo.

El renacimiento de los 50 y los 60

En el período de la posguerra despúes de 1945, los vinos burbujeantes argentinos recobraron algo de su antiguo ímpetu, tal cual lo demuestran viejas publicidades gráficas de esa época. Los espumantes, con el inevitable apelativo de “champagne” y casi siempre con alusión a los eventos festivos o a la exclusividad, estaban encabezados por Crillón (“hace la fiesta” y “distinguido por una selecta minoría”), Garré (“el broche de oro”) y Gran Cremant Gancia (“regale y regálese”). Además, era posible ubicar en las góndolas ejemplares de bodegas prestigiosas, como Arizu, Montpellier, Duc de Saint Remy y Mont Reims, entre otros. La explosión de la coctelería tan propia de esa época (llamada “edad de oro” por los referentes del sector y los bartenders veteranos) ayudó a consolidar el fenómeno. Sin embargo, el gran salto fue dado en 1960, cuando la casa Moët & Chandon se instaló en Agrelo, Mendoza, para elaborar una nueva línea de “champañas” que rápidamente ganó mercado hasta liderarlo por completo a mediados de los setenta. Analizando aquel fenómeno, es posible advertir que semejante suceso no fue fruto de la suerte ni mucho menos.
1362668422_ec93bodegaIndependientemente de haber sido la primera empresa que presentó un espumante argentino de precio alto, Chandon supo darle forma a un estilo simple y accesible, muy adecuado para los paladares de ese período, gracias al predominio de la uva Semillón en los cortes. Con bastante fruta y una acidez moderada, semejante perfil marcó toda una época entre los consumidores vernáculos. Pero todo éxito, lógicamente, trae aparejadas sus consecuencias. Finalizando el decenio de 1980, fueron varias las bodegas mendocinas que empezaron a elaborar espumantes de valores altos, con predomino del corte clásico, gracias a la creciente implantación de Chardonnay y Pinot Noir en las zonas más altas de la provincia. Muchas se animaron a seguir el método tradicional, de segunda fermentación en botella, a fin de consustanciarse al máximo con estilo francés, incluso asociándose técnicamente con firmas célebres del país galo para lograr los mejores resultados. Recordados ejemplos de ello fueron Deutz (con Navarro Correas), Piper Hedisieck (con Le Vignoble) y Mumm (con Gancia de entonces). En poco tiempo lograron darle forma a una saludable variedad de opciones y una silenciosa competencia entre los del tipo tradicional y los de silueta más típica del viejo estilo cuyano, en el que no faltaban las uvas como Semillón, Chenin y Ugni Blanc.

La explosión del 2000

La llegada del nuevo milenio hizo vivir su propia “fiebre” a la actividad champañera argentina. De todos modos, al igual que en el resto del mundo, el consumo no fue significativamente mayor que el de los años normales, lo que provocó un exceso de stock. La casi inmediata crisis local hizo derrumbar las ventas en 2002, pero la relativamente rápida salida de esa situación volvió a poner las cosas en su lugar. En la última década se verifica una notable expansión de los emprendimientos destinados a producir y comercializar vinos espumantes de todos los estilos imaginables. En muchos casos, la movida fue llevada adelante por establecimientos pequeños, casi artesanales, mientras que en otros fueron las bodegas de mayor volumen las que comenzaron a ocuparse del peldaño, sin olvidar a ciertos jugadores internacionales de peso que hicieron su aparición en ese período, como Codorníu y Freixenet. Con esa avalancha de nuevos protagonistas también se amplió la gama de estilos y dio lugar a la aparición de productos completamente inéditos, hechos con uvas aromáticas o vinificadas en tinto. No poca sorpresa generaron los primeros exponentes de esta línea. ¿Torrontés espumante? ¿Malbec y Bonarda con burbujas? Con todo, la reciente aparición de más y más ejemplares de paladar no convencional está generando una nueva mirada sobre el tema, bastante menos prejuiciosa.
El mercado de hoy parece moverse en ese sentido, el de la diversidad. Alternativas clásicas de alta gama son lanzadas a la consideración pública al mismo ritmo que los espumantes jóvenes y frutados, de precio accesible, sin dejar en el olvido la batería de los “revolucionarios”, como cosechas tardías espumantes y especímenes rosados de variedades cada vez menos sujetas a la tradición. Los múltiples orígenes geográficos añaden interés al segmento y mueven a buscar sabores diferentes, que en nuestros días pueden provenir de Mendoza, San Juan, La Rioja, Salta, Neuquén o Río Negro, sin que ello signifique merma alguna en la calidad, como bien lo comprende el público. Porque eso ha sido siempre lo mejor para la industria del vino argentino, al igual que para sus consumidores: la democrática facultad de buscar, encontrar, adquirir y disfrutar entre el mayor número posible de vinos.

Fuente: Gustavo Choren, ElConocerdor.com

 

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