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Cómo sería su “última cena”?

De Diario Perfil. El 10 junio, 2012. En Gastronomía. Tema: . 573 Vistas

Diez cocineros se reunieron bajo la consigna ¿qué comerías antes de morir? La mayoría priorizó platos sencillos y recuerdos de infancia.

Si el mundo tuviese la amabilidad de anunciar su final con tiempo, uno podría planear tranquilamente su propio adiós: elegir la compañía, el lugar más querido, pronunciar sus últimas palabras y, por qué no, disfrutar de una última cena.

Despedirse de la vida satisfecho, con un buen gusto en la boca y la panza bien llena. Libre del miedo de una indigestión o una resaca, libre de toda culpa o inhibición. Comer hasta morir. Y morir feliz. La única complicación, en todo caso, sería elegir exactamente qué comer. Buscando resolver la duda, PERFIL entrevistó a algunos de los mejores chefs del país para saber cómo, con quién y sobre todo qué elegirían ellos como último plato.

Las respuestas de estos expertos en comida pueden sorprender. Pan y vino”, dice Soledad Nardelli, chef ejecutiva de Chila Buenos Aires Cuisine. Frugal, como Jesús, salvo que agregaría “una buena variedad de quesos”.

Ante el desconcierto que causa una elección tan austera, Soledad se explica: “Quizá los cocineros somos más rebuscados para cocinar, pero a la hora de comer cada uno en su casa vamos a lo sencillo, a algo que esté bien hecho, ¡como unos buenos quesos!”. La secunda su colega Hernán Gipponi, dueño del restaurant que lleva su propio nombre: “Un huevo frito con papas fritas y un buen pan calentito, así nomás”. Además, ambos elegirían comer al aire libre, “frente al mar” o junto a “un lago, una montaña”. Pero todo eso es secundario frente a aquellos con quienes uno compartiría el momento. “En la última cena, más que pensar en la comida, si estamos todos juntos con la gente que uno quiere, ya está”, dice Hernán.

Hay consenso: algo simple con los seres queridos y al aire libre. “Asado con amigos y familia”, elige Hernán Griccini, de Algodón Mansión. “Soy de Santa Fe, así que comería ahí, en un día de campo con pleno sol de otoño y acompañado con una guitarra criolla, con estilo bien folclórico.”

Ese es otro aspecto: volver a las raíces, a la infancia, a algún postre de la abuela, al lugar en el que uno se crió. “Yo soy español, así que comería algo muy español: cosas con jamón, tortilla de papas, gazpacho, todo con una buena cerveza”, dice Yago Márquez, chef del muy canchero Unik, en Palermo. El también cree que “al final, todos comeríamos lo más simple”.

Detrás de esta sencillez puede haber, sin embargo, una motivación más complicada, casi filosófica. Acompañado de su hija y escuchando a Alberto Ginastera, que le hace “acordar a cuando era chico”, el chef de Social Paraíso Darío Gualtieri elegiría “cualquier pescado del Atlántico Sur a las brasas” porque “en el mar está lo más significativo de la vida, lo más elemental; de ahí salimos: del agua”.

Entre tanta paz, familiaridad y sencillez, hay una excepción que confirma la regla: el monumental deseo de Alberto Soriano, compañero de Griccini en Algodón Mansión. “Yo me quiero morir comiendo”, dice. Quiere “un banquete largo que hacia la mitad vaya degenerando en un bacanal y que arranque del mar para la tierra, de lo más salvaje y crudo a lo más elaborado”. Primero un plato de mariscos frescos, ostras, caracoles; luego foie gras, pato, una milanesa a la napolitana, una buena porción de pizza, un buen huevo y una raclette en el medio para terminar con un sinfín de helados, algo bien dulce. Y acompañando todo esto, “mucho alcohol”. ¿Por qué? “La embriaguez es fundamental porque tiene que ver con la libertad, con cortar con las inhibiciones. El peor pecado a la hora de comer es el miedo, y el miedo está totalmente ligado a la libertad. Uno es libre del todo cuando pierde el miedo a todo, y eso en gastronomía te permite probar”, explica Alberto. Y, si bien comería con sus amigos de toda la vida, querría que también “haya gente desconocida, gente por descubrir, de espíritu abierto, para poder terminar borracho hablando de cosas abstractas con alguien que no conocés pero que te da la esperanza de que todavía te queda algo por descubrir, de que la vida sigue de alguna manera”.

La última cena, queda claro, es mucho más que un simple plato de comida.

La opinión de los famosos

Marta Minujín. Comería de entrada una sopa de tomate con crema, luego un plato que me encanta que es caviar negro mezclado con queso fontina, queso blando, cereales y endivias. De postre eligiría una porción de arroz con leche, otra de dulce de batatas o batatas en almíbar y plátano frito. De bebida tomaría un licuado de frutos rojos o uno de palta o mango con leche. La música que pondría sería la Misa en clave Re mayor de Bach con luz negra y todo pintado con colores flúo y rodeada con mis obras, una de cada período. Cenaría yo y mi arte, y con mis personajes alrededor.

Graciela Borges. Apostaría por un rico guiso invernal, de cordero o de lentejas. De entrada tomaría una sopa de verdura con un vino tinto malbec argentino –me encanta el vino argentino–. Jamás como postre y supongo que no cambiaría de ser ese día, pero quizá luego de dos horas de cena comería algo dulce. De fondo quisiera escuchar música italiana del sur, que me recuerda a viajes que hice a lo largo de mi vida, o música de meditación. No sé si estaría acompañada o sola, me gustaría que sea una sorpresa. La muerte es un proceso más de la vida y siempre creo que será algo fantástico para ir a un lugar pleno.

Valeria Mazza. Si tuviera que imaginar cómo sería mi última cena, sería sin lugar a dudas en mi casa con mi familia. Comeríamos pennes con salsa de tomate acompañada de un poco de albaca fresca y queso parmesano. De postre eligiría la torta Valeria, de chocolate dulce de leche y crema, que siempre preparamos con mis hijos.
Después acostaría a los chicos y me quedaría con Ale tomando una copa de vino blanco, charlando y mimándonos hasta que vengan a buscarme.
Sería una despedida perfecta, ¿no?

Alberto Cormillot. Como plato de entrada eligiría unas brusquetas. De plato principal, unos penne rigatti con salsa de frutos de mar y un rico queso reggianito. Tomaría un buen vino, y de postre unos panqueques bien hechos con dulce de leche y bochitas de helado de crema. De fondo quisiera música tranquila pero en un volumen que permita el diálogo. Eligiría una mesa cerca del mozo para garantizar un buen servicio. Me gustaría estar rodeado por amigos y familia y con una buena charla de sobremesa.

Patricia y Rossella della Giovampaola. “En mi última cena comería con 12 amigos: seis hombres y seis mujeres. Compartiría con ellos un buen plato de spaghettis caseros, con una salsa de tomate y albahaca. Lo acompañaría con un vino Nobile de Montepulciano. Como postre, terminaría con unos ‘cantuccios’, que son unos bizcochos toscanos con vino Santo”, dice Patricia. Su hermana Rosella eligiría pasarla con la gente que ama. El menú sería ensalada de pulpo con tomates cherries y salmón.

Fuente/Autor Diario Perfil

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