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Destino final: Historia de los Mundiales (por Eduardo Cantaro)

De Agencia Telam. El 1 marzo, 2014. En Deportes, Mundo, Opinión. Tema: . 590 Vistas

Tres tragedias aéreas cambiaron indefectiblemente el destino de tres Copas Mundiales. Brasil 1950, Suecia 1958 y Estados Unidos 1994 fueron conmovidas por tragedias en las que se perdieron equipos que pudieron haber modificado la historia. pero las vidas de sus integrantes se apagaron antes de lo esperado.

Las selecciones de Italia, Inglaterra y Zambia tienen en común una historia trágica que, en cada caso, enlutaron terriblemente los mundiales de Brasil, Suecia y Estados Unidos.

Gran Torino

La primera de ellas se produjo el 4 de mayo de 1949, cuando el Fiat G.212CP de la Avio Linee Italiane, se estrelló contra el terraplén trasero de la torre de la Basílica de Superga. La aeronave trasladaba a los jugadores del “Grande Torino”, equipo que había ganado las tres ligas italianas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y estaba por quedarse con la cuarta.

Volvían de Lisboa, Portugal, porque habían jugado un encuentro amistoso ante Benfica. El motivo del partido era la incorporación al astro lusitano Xico, y el partido se había programado para utilizar la recaudación como parte del pago.

Diez jugadores del Torino conformaban, además la selección azzurra, que se preparaba para afrontar la Copa Mundial de Brasil 1950, donde tenían que defender el título de campeón y pelear por quedarse definitivamente con la Copa Jules Rimet. Entre los jugadores destacados estaban Valentino Mazzola, Romeo Menti, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Aldo Ballarin y Eusebio Castigliano, material suficiente como para alcanzar un título en la aún lejana Sudamérica.

El accidente dejó también otra secuela. Además de haber perdido a sus mejores elementos, quedó tanto pánico que los integrantes de la selección italiana viajaron al Mundial de Brasil en barco y llegaron en pésimas condiciones físicas al torneo. Sin fuerzas suficientes, los campeones reinantes se quedaron afuera de la Copa en la primera ronda.

La tragedia de los Busby Babes

El fútbol inglés contaba, a mediados de los 50, con un equipo que jugaba un fútbol brillante e inteligente. Manchester United era dirigido por Matt Busby y contaba con jugadores provenientes de las divisiones inferiores que con poco más de 20 años de edad habían sorprendido a Europa en la Copa de Campeones. El equipo era apodado los “Busby Babes”, y entre ellos se destacaban el goleador Tommy Taylor, el wing Eddie Colman y la gran figura del fútbol inglés, Duncan Edwards.

Edwards había hecho su debut en el “ManU” a los 16 años y apenas alcanzó la mayoría de edad, debutó para la selección A de Inglaterra, aunque la camiseta nacional ya la había vestido en las competencias infantiles. Hay quienes aseguran, era una especie de Pelé inglés (mito acrecentado en el tiempo) que junto a sus socios en la cancha podrían haber cambiado la historia del fútbol.
Los “Busby Babes” habían conseguido el pase a semifinales empatando en Belgrado ante el siempre difícil Estrella Roja y se disponían a volver a Manchester en el Airspeed Ambassador de la British Airways. Aquel 6 de febrero de 1958, luego de parar a cargar combustible en Munich, la aeronave se estrelló a unos metros después de despegar del aeropuerto alemán.

“Atravesados por un destino fatal, son muchos los universos paralelos que pueden trazarse si esas tragedias no se hubieran llevado los principales jugadores de esas selecciones.”

Había habido dos intentos previos de despegue, que se habían frustrado por fallas en los motores. El piloto James Thain, tal vez pensando que la tercera vez sería la vencida, logró elevar las ruedas del avión de la pista, pero no llegó a tomar suficiente altura. Un descampado y una casa deshabitada hicieron de freno. Las investigaciones revelaron que el aguanieve que había en la pista provocó que el avión no pudiera despegar con normalidad.

Había quienes no tenían que morir ese día y el destino se encargó de salvarlos. Había quienes sí tenían que dejar la vida y el destino se encargó de llevarlos: Bobby Charlton, el gran estratega del fútbol inglés, se había sentado al lado de Dennis Viollet. En un momento intercambiaron asientos con Tommy Taylor y David Pegg. Charlton y Viollet salieron con apenas unos magullones. Taylor y Pegg murieron en el acto, junto a otros 20 pasajeros. Duncan Edwards había quedado herido de gravedad.

Toda Gran Bretaña estaba enlutada por el accidente, pero se mantenía atenta a la evolución de la figura. Quince días después de la tragedia, llegaba la noticia que nadie quería escuchar: Edwards fallecía y el fútbol inglés volvía a llorar.

Inglaterra fue al Mundial de Suecia unos meses más tarde y se quedó afuera de la tercera ronda tras empatar los 3 partidos del Grupo. El sueño de obtener la Copa ya había muerto en el aeropuerto de Munich.

Balas de cobre

Pero tal vez la mayor pérdida la hayan sufrido los ocho millones de zambianos que querían mostrarle al mundo que también ellos podían jugar buen de fútbol. En los Juegos Olímpicos de 1988, la desconocida selección africana había dado su primera gran sorpresa al derrotar a Italia por 4 a 0. El equipo, que luego fue eliminado por Alemania Federal, comenzaba así un camino de consolidación que lo llevaría, con los años, a potenciar su hegemonía continental.

Godfrey Chitalu, indiscutido ídolo de futbol de Zambia, dueño de todos los récords, era el técnico de la selección nacional que avanzaba hacia el Mundial de Estados Unidos 1994.

En el arco de aquel equipo estaba David Chabala, que en parte de la temporada 1991/92 había sido integrante de Argentinos Juniors, club que dejó debido a las poco favorables condiciones del contrato. La magia en el juego la ponían los “extranjeros” Kalusha Bwakya, el “Gran Kalú, figura indiscutible por esos tiempos del PSV Eindhoven, Johnson Bwalya, en el fútbol suizo, y Charles Musonda que jugaba en Anderlech. El resto del equipo era una columna sólida que se había formado con jugadores de la liga zambiana.

La primera cita en la parte final de la eliminatoria era en Senegal, así que había que hacer un largo viaje desde Lusaka a Dákar y no había vuelos directos porque la autonomía de los aviones no lo permitía. Por eso el DHC 5 Buffalo tuvo que hacer dos paradas. La primera fue en Congo, donde todos notaron que un motor estaba fallando.

El piloto le restó importancia, así como lo hizo tras la segunda parada en Gabón, a pesar de los reclamos de los ocupantes de la nave, que estaba compuesta por el cuerpo técnico, 18 jugadores y algunos periodistas.

Tras el despegue, el motor con problemas comenzó a incendiarse y el piloto, erróneamente, apagó el que estaba funcionando, provocando que el avión, que apenas se había adentrado unos 500 metros en el mar, cayera a las aguas del Océano Atlántico. Los 30 ocupantes de la nave murieron en el acto. Era el 27 de abril de 1993.

Los “extranjeros” sobrevivieron porque habían viajado directamente desde Europa y junto a otros compatriotas que se sumaron, siguieron en la eliminatoria, sin embargo, la patriada de los Chipolopolo (balas de cobre) de clasificar por primera vez a una copa mundial no pudo ser.

Atravesados por un destino fatal, son muchos los universos paralelos que pueden trazarse si esas tragedias no se hubieran llevado los principales jugadores de esas selecciones. Tal vez Italia hubiese sido el dueño del Maracanazo y de la Jules Rimet; a lo mejor Inglaterra hubiera hecho una buena campaña en el 58, tal vez Zambia se hubiera dado el gusto de pasear rivales en tierras “Yankees”.

Especulaciones truncadas por tragedias que golpearon, y vaya si con fuerza, tres mundiales.

 

Fuente/Autor Agencia Telam

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