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El mundo de las drogas (Por Rafael Bielsa / Federico Mirré)

De Diario Perfil. El 5 enero, 2014. En Argentina, Opinión. Tema: , . 675 Vistas

Abordar la cuestión del uso problemático de las drogas supone transitar un camino largo y oneroso. No hay recetas globales, como antibióticos de amplio espectro, porque el fenómeno está atestado de particularidades. Si las hubiera, hablaríamos menos y las aplicaríamos más.

Hay quien dice que los otrora “expertos” (EE.UU., Israel) hoy van a aprender a Río. Otros, que la autonomía inmoderada de las fuerzas policiales en Brasil contribuyó a debilitar las capacidades de los propios habitantes de las favelas para defenderse de esos “flagelos”. Un adicto salvadoreño da en el (un) clavo: “Nuestra sociedad tiene una tendencia a ‘narcotizar’ los sentimientos; los adictos sólo vamos por delante”. Dice un experto norteamericano: “Si somos compulsivamente consumistas, también desearemos poder comprar drogas”. Las respuestas son múltiples y los vínculos variados. Si no se los conoce, no hay manera de entrarle al problema con eficiencia, asignando recursos razonadamente.

El abordaje del problema mundial de las drogas basado en recetas penales rocosas ha conducido, por sobre el puente de los horrores, a los suspiros y a la reflexión crítica de los presidentes del hemisferio americano. La inercia “prohibicionista” todavía es fuerte y, peor aún, no hay otra que –aunque fuera acertada– se pueda entender tan fácilmente como se percibe un desborde emocional: “El que mata debe morir” es una sentencia profundamente equivocada, pero inteligible.

De la complejidad de la cuestión da cuenta la variedad de las posiciones. Hay quienes piensan que las políticas están bien, y que lo que falla es la materialización (mejores leyes, instituciones más fuertes). En los Estados Unidos son un hecho el cumplimiento de la ley y la fortaleza de sus instituciones. Sin embargo, se trata del principal consumidor de sustancias psicoactivas del mundo.

El estado mexicano de Durango está relativamente cerca del foco de contrabandistas que vienen exportando drogas a Estados Unidos desde que Washington las declaró ilegales. Allí hay una concentración tóxica de estímulos, modelos dañinos y tentaciones. En ese desdichado lugar, bajo tales condiciones, las drogas dañan… pero la prohibición mata.

Una dimensión chocante es la inseguridad que rodea (o que se dice que rodea) al fenómeno del narcotráfico. No es fácil atribuir homicidios a dicho fenómeno con certeza científica. Más corriente es medir cuántos homicidios por cada cien mil habitantes tiene un país. De acuerdo con diversas fuentes, Guatemala, Honduras y El Salvador exhiben tasas promedio que oscilan entre 40 y 50 homicidios por 100 mil habitantes (las más altas de la región, junto con Colombia y Venezuela). Un segundo grupo, con tasas no mayores de 12, está integrado por Costa Rica, Nicaragua y Panamá. El tercero (Chile, Uruguay y Argentina) tiene las tasas más reducidas (no mayores de 7). ¿Es satisfactorio? En absoluto. Que el proceso –comparativamente– esté en pañales, obliga a –por lo menos– dos cosas: no mentir y no permitir que aprenda a controlar esfínteres. Los grupos criminales no aparecen en determinadas regiones porque sí, y cuando lo hacen tampoco desaparecen porque sí.

Lo que propone poner en relieve la importancia de lo local está directamente relacionado con el rechazo a operaciones pensadas en capitales extranjeras que –como lo evidencia una abrumadora literatura especializada– utilizan el embalaje antidroga y la retórica redentora para realizar trabajos políticos, vinculando los consumos problemáticos y las sustancias con el concepto de “seguridad interior”. Es sumamente peligroso “declarar la guerra a las drogas” cuando existe un aparato administrativo corrupto al que no se puede controlar.

Los grupos criminales necesitan determinadas condiciones previas. Cuando un territorio está “maduro” para la droga, lo único que falta es encontrar un producto apto: asequible y barato. Algunos habitantes de comunidades vulneradas y sin futuro viven asediados por la adicción a cualquier sustancia narcótica que puedan conseguir. Los narcotraficantes siempre se dan cuenta de que pueden conquistar a la juventud marginada por un salario algo mayor al legal y un objetivo en la vida. “Puede que me comprometa con un sicario con plata cuando llegue el momento”, dice una joven “paisa” (de Medellín). Un ex alto jefe policial colombiano subraya: “Quedan viudas de un sicario asesinado, con un hijo de un año, y vuelven a casarse con otro. Siempre dicen lo mismo: ‘Es que a mí me gustan malosos’”.

En Mesoamérica hay una expresión policial: “…si tienes a Dios, ¿para qué necesitas a los ángeles? Y si tienes a los ángeles, ¿qué falta te hace Dios?”. Así se empieza, o con Dios o con ángeles (o con ambos). Un “ángel” de la comisaría local se ocupa de la seguridad del delincuente; cuando sube la cifra, un “Dios” de las Jefaturas Regionales es la terminal de la ruta comarcal del dinero. La actividad menuda no tarda en comenzar a practicar la economía de escala. Legal o ilegal, el mercado siempre tiene sus “fuerzas”.

Angeles y dioses son imaginativos en cuanto a sus prácticas: desde agentes locales que “liberan” algunas calles hasta el otorgamiento de claves a “narcos” para el caso de que puedan decirlas si es necesario hacer saber que están bajo protección. Ello supone desplegar estrategias para que progresivamente resulte más difícil ser policía y paulatinamente convenga pasar a formar parte de la mafia. El repertorio de los pretextos excede a los que esgrime la impuntualidad. Esto en modo alguno apoya la opción de enviar a las fuerzas armadas a trabajar en la gestión de la seguridad democrática: cuando se lanza a los soldados a combatir contra bandas criminales, siempre acaban cayendo civiles.

El talego de las respuestas a tanto desafío no carece de instrumentos: desde el lado de afrontar los embates de la oferta de sustancias, unidades especializadas con conducción estratégica civil, información, extrema coordinación, entrenamiento, involucramiento de los jueces y del ministerio público.

Mirando hacia el futuro, no es irrazonable asociar el paradigma nixoniano de “guerra contra las drogas” con el fruto de un momento que, en términos hemisféricos, reconocía la hegemonía estadounidense. En un mundo multipolar, en cambio, el paradigma necesariamente deberá ir debilitándose. Por lo propio, iniciativas locales que directa o indirectamente desafíen la normativa internacional –legal o materialmente, dejando hacer– serán difícilmente evitables. Los cambios en el plano de las decisiones de los jueces y de las prácticas administrativas están teniendo lugar lenta pero insistentemente. Los actores no son ya lo que eran, y por lo tanto los procesos de toma de decisión y sus resultados en los países del hemisferio no podrán ser lo que fueron.

En el resto del mundo existen países altamente prohibicionistas (Rusia, China), razón por la cual las convenciones internacionales que imperan serán cuestionadas, pero en lo inmediato no cambiarán drásticamente.

La economía de mercado hace las cosas fáciles (o más fáciles) al delito. ¿El mercado?: “…el dinero de verdad funda compañías de tapadera. El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos –dice el británico Ioan Grillo en su indispensable libro El narco– tiene en la lista negra más de doscientas empresas mexicanas que al parecer blanquean dinero de la droga. Las hay de todas clases”.

La cultura también atiende su juego: cuando la violencia pasa de ser una forma de disputa del territorio y de control a un lenguaje instintivo de comunicación, una operación de difícil control se ha puesto en marcha. “En la pandilla te sientes parte de algo”. “Es la casa que no tienes, la familia que te falta.”

Algunas cifras podrían demostrar que EE.UU. se está ocupando –responsabilizando– de sus consumidores de drogas. Pero otras indican que las narices neoyorquinas son las más difíciles de satisfacer del mundo. De allí la importancia intransferible de que nosotros atendamos nuestro juego.

Rafael Bielsa / Federico Mirré

 

Fuente/Autor Diario Perfil

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